1/09/2006

Salir a la calle,
o no.
Tomar una cerveza
más.
Quizás,
meterme
en la cama.
Esperar más
o porqué no,
confesar
llevar
sida
en mi vida.
Esperar más.
Qué necesidad
tendré yo
de hacer tal cosa.
Sentarme
a la luz
de mi escritorio.
Poner una palabra que
sea un paso afuera de
la angustia.
Tejer una red
de símbolos queridos
que recojan mi caída en plancha.
Esperar un poco
más.
He aprendido con
el tiempo a
soportar
esa carga,
viral.
A llevar
dentro mío
un estigma.
La química
hace posible continuar en pie
y el deseo también.
Llega ahora
el momento de decir
mi dolencia más grande.
Ese virus azul
no me ha matado,
pero
Ese virus ultramar
ha hecho más
por mí
de lo
que yo
hubiese hecho por
mi mismo.
Me puso frente una pared en la que recibir la muerte,
En una picota en la que ser sujeto a juicio.
En una palestra en la que estoy conminado a confesar
Y morir de culpa.
Yo no soy
un delfín de hocico blanco
que proteger de la extinción.
Ni la madre muerta que parió en final del mundo.
Cuando hablo de soledad y hablo de angustia
y hablo de dolor, de miedo,
señores míos,
sean mis palabras sombrías, quejicosas,
puedo decirles a ustedes, señores,
Puedo darles a ustedes mi amor y con él
el miedo, la angustia y el espanto.
Tejo camisas de seda de gusanos intradérmicos
Con abrazos de narcisos ateridos y aterrados.
Confieso que tengo miedo.
Pero les digo,
miedo me dan ustedes.
Su miedo es lo que me asusta de verdad,
no el mío, con el que duermo abrazado en postura fetal.
Lo que me hace sentir muerto de frío es,
que no habrá palabras suficientes, ni justas
que me devuelvan la emoción alegre de la espóntanea palabra.
En mi discurso media el miedo y la impotencia.
Y la soledad de la que hago mi musa
es la figura de la consternación.
Un espejo que espera otro momento.