1/16/2006

Mientras me susurras tu afecto, me azotas las nalgas.
Será que necesito junto a una caricia un pellizco.
Un beso apasionado con lengua
y un mordisco que me haga sangrar los labios.
Cuando empiezo a pensar por mí mismo
ansioso, te pido que me insultes y me degrades.
Si muevo mis manos y hago cosas
espero en las muñecas
las esposas que me impidan agarrar puñados de viento
y crear objetos que reflejen mi cuerpo.
Al sentir el roce de quien más quiero
y ver muy cerca mío las cosas que tanto deseo,
bajo la escalera corriendo
y voy al bar a llenar mi buche de tragos.
Sube el miedo a la azotea
y salta por la ventana el respeto a mi nombre.
Me despido de mi más querida ilusión
y me entrego a la tortura y al castigo.
Me lío con ataduras
amarrado a una silla de la que no puedo levantarme,
sujeto a un juego de bondage con mi persona,
resistiéndome a desatar mi deseo
y abandonar la mazmorra en la que he confinado
al hombre que ama y puede decirlo.