1/16/2006

Mientras me susurras tu afecto, me azotas las nalgas.
Será que necesito junto a una caricia un pellizco.
Un beso apasionado con lengua
y un mordisco que me haga sangrar los labios.
Cuando empiezo a pensar por mí mismo
ansioso, te pido que me insultes y me degrades.
Si muevo mis manos y hago cosas
espero en las muñecas
las esposas que me impidan agarrar puñados de viento
y crear objetos que reflejen mi cuerpo.
Al sentir el roce de quien más quiero
y ver muy cerca mío las cosas que tanto deseo,
bajo la escalera corriendo
y voy al bar a llenar mi buche de tragos.
Sube el miedo a la azotea
y salta por la ventana el respeto a mi nombre.
Me despido de mi más querida ilusión
y me entrego a la tortura y al castigo.
Me lío con ataduras
amarrado a una silla de la que no puedo levantarme,
sujeto a un juego de bondage con mi persona,
resistiéndome a desatar mi deseo
y abandonar la mazmorra en la que he confinado
al hombre que ama y puede decirlo.

Soluciones extemporáneas a pie de pista de baile.
Revoluciones de caderas,
hombros que importan sobre si la carga de la noche
Mujeres que no son más que trazos de eyeliner,
rimmel y carmín
polvo de rubores de niño,
tacones que elevan su feminidad contestada
frente a machos que son hojas en blanco
perneras que se abren
en arcos tensados por el temor de su insostenible posición de firmeza.


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Entrando en pista.
Al abordaje de un espacio
donde se representa la mascarada de ser objeto de deseo para otro.
Entre copas de colores, manos que ansían tocarse.
Dejo de ser hombre como mandan los cánones
sacudo mi cuerpo y me propongo el juego del despiste.
No soy hombre ni soy mujer.
Porque mi ropa no me hace miembro de cofradía alguna.
Para ella
soy un hombre que confunde,
cuestiona su feminidad e interroga su deseo de mujer pintada en trazos de tinta negra
sobre sus párpados cansados
elevada en un altar sobre talones tensos.
Para los hombres
soy la cara siniestra de su deseo prohibido,
el camino errado de su cuerpo
sin seguro a todo riesgo.
El rival que avergüenza sus convicciones.

1/09/2006

Como protesta de enfermo terminal
decidí, yo,
sin ser el que decide nada
de lo que pasa por las calles,
llegar más lejos,
y asomarme al otro lado de mi muerte segura.
Provocar a la muerte,
hacerla sentir vergüenza.
Y yo.
Si aún es posible decir esa palabra. Yo.
Correrme en tinta,
pasear la figura triste de una sombra macabra
sobre sábanas blancas.
Y llegar a un punto. Límite. Hora pequeña.
Así,
donde se disuelve,
en el alcohol,
del perfume de una nephentes mortal
la carne de un hombre condenado por,
sea dios quien me lo diga,
qué razón absurda ,
la que me entrega esta noche a la más honda angustia.
Lápiz de grafito y cedro.
Hermano.
Miembro viril impotente de ser
amante de mujer fértil
que dé
a mi poco tiempo
fruto y sentido.
Continuidad que dé verdad
a lo que a penas empecé a ser
Y dejé de poder
seguir.
Porque.
Tengo imágenes que poner a posta para ilustrar el no
poder,
continuar.
No quieres, no más

Salir a la calle,
o no.
Tomar una cerveza
más.
Quizás,
meterme
en la cama.
Esperar más
o porqué no,
confesar
llevar
sida
en mi vida.
Esperar más.
Qué necesidad
tendré yo
de hacer tal cosa.
Sentarme
a la luz
de mi escritorio.
Poner una palabra que
sea un paso afuera de
la angustia.
Tejer una red
de símbolos queridos
que recojan mi caída en plancha.
Esperar un poco
más.
He aprendido con
el tiempo a
soportar
esa carga,
viral.
A llevar
dentro mío
un estigma.
La química
hace posible continuar en pie
y el deseo también.
Llega ahora
el momento de decir
mi dolencia más grande.
Ese virus azul
no me ha matado,
pero
Ese virus ultramar
ha hecho más
por mí
de lo
que yo
hubiese hecho por
mi mismo.
Me puso frente una pared en la que recibir la muerte,
En una picota en la que ser sujeto a juicio.
En una palestra en la que estoy conminado a confesar
Y morir de culpa.
Yo no soy
un delfín de hocico blanco
que proteger de la extinción.
Ni la madre muerta que parió en final del mundo.
Cuando hablo de soledad y hablo de angustia
y hablo de dolor, de miedo,
señores míos,
sean mis palabras sombrías, quejicosas,
puedo decirles a ustedes, señores,
Puedo darles a ustedes mi amor y con él
el miedo, la angustia y el espanto.
Tejo camisas de seda de gusanos intradérmicos
Con abrazos de narcisos ateridos y aterrados.
Confieso que tengo miedo.
Pero les digo,
miedo me dan ustedes.
Su miedo es lo que me asusta de verdad,
no el mío, con el que duermo abrazado en postura fetal.
Lo que me hace sentir muerto de frío es,
que no habrá palabras suficientes, ni justas
que me devuelvan la emoción alegre de la espóntanea palabra.
En mi discurso media el miedo y la impotencia.
Y la soledad de la que hago mi musa
es la figura de la consternación.
Un espejo que espera otro momento.

Antes que nada voy a hacerme prometer pinchar el botón enviar.
Escriba lo que escriba. Aunque al final vendrá la vergüenza a decirme, qué haces loco.
A punto he estado de escribirte un sms diciendo: ya no estoy tan tranquilo. Necesitaría verte antes del jueves y seguir hablando. Dame cita antes, si puede ser.
Bueno...ya me temo que ni hago una cosa ni hago otra.
Escribir no me esta sosteniendo. Pasear, me está dando angustia.
Beber me esta hartando y llevando a lugares que ya ví y no me han dado cobijo.
Te voy a decir una verdad tristísima. Tabaco, cerveza, soledad, mierda.
Ahí va mi vergüenza y mi llamada de auxilio.
Qué ha pasado para cambiar la imagen con la que me has recibido hoy, a llegar a este punto de maníaco persecutor de ayuda? OK. Ya no envío este mensaje. Con el enviaría el resto de mi dignidad.

De vuelta a casa.
A la luz de escritorio.
En auxilio de mi poca prestancia,
a resguardo de un sentimiento
raro,
extravagante.
Entrometido en historias de más arriba y de más abajo,
apenas puedo decirle más.
Voy llenando el buche de tragos amargos
y la paciencia se fue de rebajas.
Lo que queda de este hombre se escribe aquí.
En lánguidos suspiros
en arrebatados rugidos.