12/01/2005

Hablaré del miedo desde el rincón donde me escondo asustado.
A veces, casi siempre resulta costoso comenzar una reflexión, porque con ella se nos revelan las más intimas angustias y las más insospechadas cortapisas a nuestro pensamiento consciente, una vez dispuestos a bucear, como podría figurársenos, en el océano ciego de nuestros insondables abismos, nos retiene una sensación asfixiante impidiendo que descendamos en búsqueda de perlas perdidas. Es el miedo, y la duda, la que como malos consejeros que prometen la seguridad de una imagen distorsionada a condición de la eternidad de un moderado dolor, nos disuaden de hacer ese gesto decidido y valiente, llamándolo loco, de rebelarnos y revelarnos nuestra más intima contradicción.
Fausto no usaba lentillas.
Pedro Picapiedra bailaba en el Rockola en tanga de pterodáctilo.
Wilma no sabía del deseo secreto de su marido. Era una abnegada troglodita tragona y tartamuda.