12/13/2005

Círculos de tiza que encierran elementos.
También, cápsulas de plástico que dan forma a sus aspiraciones.
Conjuntos y subconjuntos vacíos.
Globos de gas que elevan sus pompas.
Seres que se asimilan a un gran buff de vanidad y aburrimiento.
Alientos de desprecio que soplan pollas y lenguas que rastrean húmedas la estela de sus laceraciones.
Idólatras de un vestigio.
Retraídos fanáticos de un padre ausente que no les reconoce.
Horda de sordos y egoístas vanidosos.
¿En qué imágenes que asoman para hacerse señores de excepción?
¿A qué rechazan? ¿en que rincones se esconden?
¿No son conscientes de que su ánimo de reconocimiento se desdibuja en su abandono?
Sus vínculos se precipitan en aristas de ignorancia.
Sus disfraces no son capaces de ocultar la soledad y el desamparo en que han crecido.
Y sin embargo elevan peanas de cretinismo para hacer posible la imagen de sus sueños de grandeza.
Dejan en su desconsideración de saber de algo que les ha hecho y les ha deshecho.
Se reúnen en cenáculos de despojos en los que se entregan a sus vacíos con la ceguera de los que no ven allá abajo sus pies hinchados y errabundos.
Allá afuera hay un hombre descreído que duda.
En su soledad, elige caminos
de la manera más sorprendente
y persiste como un impertinente
por aborrecer la compañía de una mentira que lo ganaría,
y que al hacerlo público lo borraría de su deseo.