9/17/2005

Yo conozco bien a esos hombres
que me han dicho: Barcelona o Madrid.
Ya no queda más; apenas 30 metros cuadrados de espacio que me recubren,
espacio donde hago de la inmundicia propia cáscara y disfraz,
recogiendo los pedacitos de cosas mas preciosos para adecentenar y lucir la fachada.
En mi puerta mezclo los materiales más duros y los más polvorientos, amarilllo de albero y gris de ceniza.
Como esos hombres que me han dicho: Barcelona o Madrid.
Y de azulete monísimos cómo tiran sus líneas de polvo,
y sus culetes blanquísimos de cal de paredes que levantan en mi casa.
Esa imagen fijada en mis recuerdos, de hombres viriles, toscos y groseros, recortando plaquetas en cuclillas.Es morbo.
Mezclando en la maquina que hace cemento y recorriendo canales de radio
Ya llega la tarde y se prepara el descanso.


¡No te sorprende oír en el mercado a una vecina de esas gordas en baby, que mientras espera turno en la carnicería le hace a otra señora un chismorreo de actualidad al que tu estabas erre que erre como una monserga pegajosa dándole vueltas todo el día! En algún lugar te habías enterado de la decisión de la televisión local por la cual cancelaban la emisión, tras mucho tiempo en pantalla, del chat, que había por lo visto trastornado y metido en problemas a un montón de gente y que había conseguido que muchos de los que daban sus teléfonos en esos mensajes que cada vez eran más desvergonzados y selectos, hubieran llegado al punto de escandalizar por su impudor y descaro y poner en guardia la moral de algún rector.
El caso es que fuere lo que fuere por lo que esa noche no se emitía el chat, mucha gente solitaria de ésa que anda por los mercados callada, había perdido la posibilidad de ir a buscar carne en el mercadotel cuando esperaban, como tantas otras noches el número que a ellos les tocaba.
La pantalla muda y oscura se había apagado dejando abierta una ventana en la que se veía un numero de teléfono y que recuerda esas persianas abiertas que en Mallorca destacan del resto de persianas verdes cerradas.