6/12/2005

VERÓNICAS
Paños que recogen el rostro de la pasión. La expresión del deseo y de la angustia.
Restos de un banquete, rastros de un ritual privado que se hace expreso en esas marcas que han sido impresas en las telas.
Maquillaje, mascarada, impostura, mierda en la cara. Más allá no había nada.
Han sido gestos significantes para buscar un otro. Un grito de Munch estampado en la cara.
Nos permitimos sacar a la luz los restos de una práctica privada. No quedan más que huellas como testigos de lo que pasó.
En busca del último término en que se jugaba su prestigio, no halló gesto más sofisticado en la pintura, que embadurnarse de mierda la cara. Cosideró detenidamente las implicaciones que eso trae consigo. No tiene la más mínima trascendencia y eso lo hace útil para nuestros propósitos.
No quedan, no hubo cómplices, ni imágenes, ni nada que atestigue. No hubo espectadores ni voyeurs. No son necesarios en esta práctica. Sólo un cuerpo goza en esta acción, convocando en su circuito de goce los rostros siniestros de lo imposible.
Paños de Verónica que recojen el gesto de la pasión abandonada.
Si algo tiene que hacerse público de esa experiencia contra(-retro)sexual serán las telas embadurnadas de mierda que pintaba en el lavabo. Hiperespacio anal donde un espejo pone en evidencia la abyección de sí, en una gozosa sesión de fascino y retroproducción.
Al tirar de la cadena se dará por finalizada la actividad y, como artista en ciernes, se pro-pondrán en circulación como mercancías, y restos fetichizados de una transustanciación chamánica librada a solas en el lavabo.
Encuentro público de lo residual de una práctica privada en el espacio de lo social.
Otro momento performativo de la identidad y de la ubicación intersubjetiva.
Impostura, mascarada, mierda en la cara, de nuevo frente a otros haciendo patente las convenciones de lo social.