6/12/2005

En ese momento volvía a sentir la urgencia de la huída; hacia no sabe dónde, pero eso empuja a salir corriendo del cuarto dejando atrás todo como quede, desordenado y sucio. A veces decía en broma que un día dejaría la casa en la que vivía de alquiler, solamente por no fregar los platos que se habían acumulado tras varios días de desidia y abandono. Quizá al volver de su escapada, cansado y derrumbado, no encontrase cosa mejor que hacer que recomponer la casa y recoger los pedazos que quedaban de sí mismo. Volvería a barajar las piezas de ese puzzle que era su imagen y colocar alguna acertadamente en esa composición que era su vida.
Cuando algo no encaja o algo no lo encaja bien, siente esa punzada de angustia súbita y se siente impelido a escapar, a bajar a la calle, a correr, a correrse, a correr el tiempo.
Nada nuevo. Viejos vicios.
Deseaba que sonara el teléfono y que alguien tuviera algo para decirle, alguien que lo sacara del mutismo en el que estaba encerrado y le permitiera pronunciar palabras. Este hombre se resiste a dejarse morir; se puede decir también que este hombre desea vivir, que no quiere ser esa noticia macabra que cuenta cómo han encontrado un cadáver devorado por ratas rodeado de miles de bolsas de basura.



Este hombre decidió un día dejar de usar sus manos solamente para masturbarse y comenzó a tantear, agarrando un lápiz, a diseñar las líneas de fuga que quería perseguir. Se rascaba la cabeza a veces, con la afilada punta de ese lápiz que empezaba a significar para él la herramienta con la que construir un espacio donde habitar, y al quedarse en blanco como la cal de las casas del sur, se iba angustiado al sostre de los miedos y los temores. Pero rayaba, con fuerza arañaba el papel, lo llenaba de tachones y de promesas. Algo parecía no poder discurrir.
Se levanta, va al lavabo, se hurga los oídos con un bastoncillo; a la cocina, a la nevera, un yogur, la radio, el balcón, el sofá, el balcón, tabaco, tabaco, tabaco y sofá.
Ha escrito a lápiz, como le gusta, palabras de angustia y desesperación. No encuentra otras. Parece que no encuentra palabras que una atada a otra le permitan escapar de esa prisión de silencio y dolores.

Ahora, que si nos venimos a dar cuenta, se ha escapado ya. Éste dice que como quien no quiere la cosa algo le sale, empieza a correr lápiz en mano por encima del papel y venga, hasta un punto y se toma un respiro.

¿Será repetir demasiado la palabra lápiz si digo que corre por la calle con él sujetado a la oreja? Como si se acompañara de una mascota amarilla y negra. Ya no va solo.
Esa es la imagen con la que se lo ve cuando está de buen ver. Y esa podría ser la que daría gusto empezar a observar con más detenimiento. Ahí le cuesta arrancar. Pero se despereza con un saludo de un amigo que ha encontrado por casualidad pasando por la plaza de Santa Eulalia. Así le gusta porque le parece que por fin estuviera en un lugar querido, otro nuevo pero querido de siempre, que le hace sentir que le queda algo, que no está totalmente solo, hay un saludo, está la plaza.

Este hombre necesita encontrar otro con el que hablar. Y dejemos que ese otro que lo ha saludado antes, sea uno que tenga algo que decirle y que tenga su número de teléfono también.

Suena el teléfono.

El balcón. Una cita. Qué risa que da con el sol en la cara. Qué simpático. Poder salir a la calle a ver a alguien. Igual esta es una historia, y podemos continuar a escribirla[...]